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lundi, août 14, 2006


Ete viaje inesperado a Marsella ha resultado casi una sorpresa: redescubrir el barrio de Le Pannier (barrio árabe) de esta ciudad, una especie de Casbah en Francia, porque Marsella es particularmente nada occidental y no tiene nada que ver con el resto de las ciudades de Francia. A mi llegada comimos en la terraza de mi amiga Marlène mirando la ciudad iluminada de noche, el Fuerte de Saint Jean, la Prefectura, La isla de If (de la novela El conde de Montecristo, de Dumas), La iglesia de Nôtre dame de la garde... el cielo estaba impecable, limpiado por el viento de Mistral que sopla constantemente, se oían frases en árabe de gente (en su mayoría hombres), que caminan por la calle. Ayer por la mañana fuimos a bañarnos a La estaca, puerto que está al pie de una montaña, no es la que yo pensaba, La de Saint Victoire, sino otra, de la que no recuerdo el nombre. ¡El agua estaba a 14 grados! Osea, que no metí un pie en ella, ni hablar... Por la tarde llegó una amiga suya, Pascal, desde Córcega. Persona interesante, sobria, reservada pero muy sensible y observadora. Con ella emprendimos un paseo a una de las calas de Marsella. Yo recordaba M intentando convencerme para hacer ese paseo, al que me negaba argumentando que sería agotador para llegar a un sitio lleno de turistas. Y, sorpresa, sucede que empezamos a caminar por las montañas de Marsella que son calcáreas, muy blancas, regadas de pinos enanos, coníferos, y arbustos de todo tipo, olores a romero y lavanda... Y subimos y bajamos colinas con el mar y unas islas frente a nosotras, el paisaje es estupendo. También se puede ver parte de la muralla en donde se encuentra Cassis, el Cabo Canalla, que es un contrafuerte de piedra roja. Allí pasó una temporada Virginia Woolf, tratando de escribir. Empezamos a cantar, la Internacional (sic), La marsellesa. Pascal nos cuenta que su guía había sido un hombre de 82 años que le explicaba cómo los de la Resistencia se escondían en las calas almacenando víveres en alguna cuevas: nos muestra la cueva: aquí se guardaban alimentos. Seguimos, hasta descender por un pequeño jardín, casi un paraíso.... lástima que X no esté, me hubiese gustado que lo viera... Pasemos. Bajamos y nos encontramos con unas cuantas casas. Hay gente tomando en la terraza, hay una playa y unos cuantos botes. Allí bebemos algo, seguimos conversando. Y luego, como a las 8 de la noche, decidimos regresar a la ciudad. Camino, esta vez, por el borde del mar. Nunca he visto una luz más pura y limpia. Las piedras brillaban blancas, casi doradas y el mar estaba sereno. Unos barcos silenciosos salían del puerto con dirección a Córcega o tal vez Alger. Ganas de estar en uno de ellos y recuerdos del diario de André Gide, cuando se enrola, sin pensarlo mucho, para Argelia, así, con 80 años. De ahí la idea de escribir este textito como diario, directamente. Regresando a Marsella, nos detenemos en un pueblito que se llama Les Goudes, allí encontramos un restaurante realmente bueno y barato. Ellas piden pulpitos fritos y tallarines frutti di mare, yo, una pizza a la leña con figattelli (un embutido de Córcega)... Estamos frente al mar, se ve la bahía de La estaca iluminada. Creo que eso es estar en armonía, poder hablar de las cosas que nos interesan frente a un plato de comida y una bebida, tan fácil, sí, tan fácil. Pienso en las frases transcritas de Simone Weil. Una forma de humildad es aceptar también el placer.

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